Zeferino González (1831-1894)
Obras del Cardenal González
Historia de la Filosofía
Primer periodo de la filosofía griega

§ 45

Empedocles

Este filósofo, que fue también médico y poeta, nació en Agrigento, ciudad de Sicilia, y buscó la muerte precipitándose en el Etna, deseando ser tenido por Dios, según una tradición vulgar, apoyada en el testimonio de algunos escritores, tradición aceptada al parecer por el poeta de Venusa, cuando escribe...

Deus immortalis haberi
Dum cupit Empedocles, ardentem frigidus Aetnam
Insiluit.

Hácenle algunos discípulo de Pitágoras, y otros de Parménides; pero sea de esto lo que quiera, es lo cierto que su Filosofía representa una especie de fusión sincrética entre la pitagórica, la eleática y la jónica, interpretada esta última en el sentido y con las modificaciones que había recibido de Heráclito. Acércase a los eleáticos, negando el flujo o fieri perpetuo de Heráclito, rechazando, como Xenofanes, el antropomorfismo de la divinidad, negando todo valor e importancia al conocimiento sensible, y hasta concibiendo el mundo como un ser universal, esférico, único e inmóvil en sí mismo, aunque a la vez dando origen a las transformaciones más o menos reales de las cosas por medio del amor y la discordia, que producen y determinan las transformaciones sensibles y la pluralidad física del Mundo uno. [169]

Con los pitagóricos admitía una inteligencia divina y un alma universal difundida por el cosmos y origen de las almas humanas, así como también la transmigración de éstas, y diferentes clases de genios o demonios. Coincide también con Pitágoras y su escuela en razón a la importancia que concedía a la unidad, considerada por Empedocles como el principio primero de las cosas y como el continente de los cuatro elementos, principios secundarios y materiales de las cosas, y en razón también a sus aficiones simbólicas. Como los pitagóricos, el filósofo de Agrigento gusta de las formas simbólicas, y suele hacer uso de expresiones mitológicas en la ciencia, dando, por ejemplo, el nombre de Juno a la Tierra, el de Nestis al agua, llamando Plutón al aire y Júpiter al fuego.

Finalmente: en armonía con la dirección y tendencias de al escuela jónica, admitía la existencia de cuatro elementos primigenios de las cosas, tierra, agua, aire y fuego, y a ejemplo de Heráclito, concedía a este último un papel muy importante y preferente en la producción de las cosas. Por lo demás, el lenguaje simbólico y la forma poética en que el filósofo de Agrigento dejó consignadas sus ideas, no permiten discernir con entera seguridad sus opiniones verdaderas acerca de ciertas cuestiones, las cuales aparecen resueltas hasta en sentido contradictorio {50}, o al menos de [170] conciliación difícil. Así le vemos, por un lado, hablar de los cuatro elementos y hasta darles nombres divinos (Júpiter, Juno, &c.), atribuyéndoles, en unión con el amor y el odio, la producción y pluralidad de las substancias; y, por otro, le vemos referir y como absorber e identificar todas las cosas en una unidad superior.

Por lo demás, no es extraño que nosotros encontremos contradicciones en la doctrina de Empedocles puesto que las encontraba también Aristóteles {51}, a pesar de hallarse en condiciones más favorables que nosotros para conocer su pensamiento.

Aun con respecto a las ideas y aserciones que constituyen, por decirlo así, la base y fondo esencial de su teoría cosmológica, el pensamiento de Empedocles no era constante, ni mucho menos lógico, a juzgar por lo que nos dice el filósofo de Estagira, testigo de excepción en la materia. Éste, después de consignar que, para Empedocles, los cuatro elementos son la materia o substancia de las cosas, así como la amistad y la enemistad, o la concordancia y discordia representan la causa eficiente de sus mutaciones y diferencias, y después de suponer que la función de la amistad es unir, y la de la enemistad o discordia es separar y disolver las cosas, viene a decir y afirmar en otros [171] lugares de sus escritos, que la amistad separa y la enemistad o discordia reúne: Multis enim in locis apud eum (Empedocles), amicitia quidem disjungit, contentio vero conjungit.

Parece lo más probable, sin embargo, que si se prescinde de ciertas ideas referentes al origen, caída y transmigración de las almas, ideas que más bien que a su sistema filosófico pertenecen a las tradiciones místico-religiosas que Pitágoras había traído del Oriente, la tesis doctrinal y filosófica de Empedocles se resuelve en un mecanismo materialista. Según él, no es el mundo sólo de los cuerpos el que se compone y resulta de los cuatro elementos, sino también el mundo de los espíritus, o, al menos, el alma humana, la cual, en tanto puede conocer las cosas, en cuanto que contiene en sí los cuatro elementos de que constan aquéllas, y también las dos causas moventes {52}, o sea la amistad y la discordia.

Creemos, por lo tanto, que no es muy fundada ni exacta la opinión de Lange, cuando escribe {53}: «Empedocles de Agrigento no debe ser considerado como materialista, porque en su teoría la fuerza y la materia todavía aparecen separadas sistemáticamente. Probablemente fue el primero, entre los griegos, que dividió la materia en cuatro elementos, teoría que debió [172] a Aristóteles una vitalidad tan tenaz, que aún hoy se descubren vestigios de la misma en la ciencia. Además de estos elementos, Empedocles admitió dos fuerzas fundamentales, el amor y el odio, encargadas, en la formación y destrucción del mundo, una de ellas de la atracción, y la otra de la repulsión. Si Empedocles hubiera considerado estas fuerzas como cualidades de los elementos, podríamos sin dificultad colocarle entre los materialistas...; pero estas fuerzas fundamentales son independientes de la materia, las cuales triunfan alternativamente a grandes intervalos. Cuando el amor reina como dueño absoluto, todos los elementos reunidos gozan de armoniosa paz y forman una esfera inmensa: si prevalece el odio, todo se encuentra separado y en dispersión.»

Muy dudoso nos parece que Empedocles consideraba estas dos fuerzas como separadas e independientes de la materia, según supone Lange, siendo mucho más natural y más conforme al conjunto y aplicaciones del sistema del citado filósofo, suponer que éste no hizo más que designar con los nombres de amor y odio, en armonía con su estilo poético y figurado, las fuerzas de atracción y de repulsión inherentes a la materia y no separadas de ésta.

Por otra parte, y a mayor abundamiento, nuestro modo de ver en este punto se halla confirmado por las ideas cosmogónicas del filósofo de Agrigento, idénticas en el fondo a las que vienen profesando las varias escuelas materialistas. En la teoría de Empedocles, el amor y el odio, o sea las fuerzas que producen al unión y separación de los elementos y de los seres, la formación y destrucción de los mundos, obran [173] ciegamente y sin sujeción a un plan determinado ni a fines preconcebidos. La formación de los cuerpos es debida al choque fortuito de los elementos producidos y determinados por las dos fuerzas dichas. Los organismos representan ensayos y combinaciones casuales de la naturaleza, la cual forma y destruye alternativamente sus partes y sus órganos, hasta que estos se unen fortuitamente de la manera oportuna para constituir un organismo capaz de reproducirse, en cuyo caso se conserva, pereciendo y desapareciendo los seres que representan los ensayos (Lamarck, – Darwin) de organismos anteriores e imperfectos.

A juzgar por lo que indica Aristóteles en su tratado De sensu et sensato, Empedocles creía que la visión se verifica por medio de la luz, que saliendo del ojo ilumina los cuerpos externos, opinión que Alberto Magno atribuye también a Empedocles {54} en términos más explícitos, siendo de notar que, según el Obispo de Ratisbona, Empedocles afirmaba que la luz sale de nuestra vista llena todo el hemisferio que está sobre el horizonte del espectador: Concessit... quod a visu egreditur pyramis luminis, quae implet totum haemispherium et sufficit ad omnia visibilia contuenda. [174]


{50} Sabido es que Empedocles expuso su sistema en uno o varios poemas, de los cuales sólo conocemos algunos fragmentos, conservados por escritores antiguos. Supónese generalmente que lo que hoy poseemos con el título de Expiaciones, es parte de un gran poema sobre la Naturaleza. Atribuyéronle algunos críticos los famosos Versos áureos, relativos a la doctrina pitagórica; pero esta opinión carece de sólido fundamento.

{51} Véase en prueba de esto, uno de los varios pasajes en que pone de relieve las contradicciones del filósofo siciliano: «Empedocles igitur ipse, videtur contraria dicere, et ad apparentia, et ad seipsum. Simul enim dicit alterum ex altero non fieri elementorum ullum, sed alia omnia ex his: simul autem, in unum cum junxerit naturam omnem, praeter litem, ex uno fieri rursus unumquodque.» De Gener. et Corrupt., lib. I, cap. I.

{52} En este punto no cabe poner duda, después del testimonio terminante de Aristóteles, que cita las palabras mismas del filósofo de Agrigento: «Empedocles quidem ex elementis omnibus esse autem et unumquodque horum animam, sic dicens: Terra quidem terram cognoscimus, aqua autem aquam, aethere vero aethera Divuum, sed igne ignem lucidum: concordiam autem concordia, discordiam vero discordia tristi.» De Anima, lib. I, cap. III.

{53} Histoire du Material., trad. Pommerol, tomo I, cap. I.

{54} «Et opinio quidem, escribe este, Empedoclis fuit haec, quod dixit visum (organum visus) esse ignis naturae, a quo continuo emittitur lumen sufficiens ad omnium visibilium discretionem. Cum autem, ab omni luminoso egrediatur lumen ad modum pyramidis formatum, dicebat quos ab oculis egrediuntur tot pyramides, quot visibilia videntur; basis autem illius pyramidis, ut dixit, est res visa, et conus est in puncto oculi.» Opera omn., tomo V, trat. I, cap.V.

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Zeferino González Historia de la Filosofía (2ª ed.)
Madrid 1886, tomo 1, páginas 168-173